La tentación de José El Señor estaba con José, quien llegó a ser un hombre próspero mientras vivía en la casa de su amo egipcio. Su amo vio que el Señor estaba con él y que hacía prosperar todo lo que José emprendía. Así, José se ganó el favor de su amo y llegó a ser su ayudante personal; este lo nombró administrador de su casa y le confió todo lo que poseía. Desde el momento en que lo nombró administrador de su casa y de todos sus bienes, el Señor bendijo la casa del egipcio por causa de José; la bendición del Señor reposaba sobre todo lo que tenía, tanto en la casa como en el campo. Por eso, dejó todo lo que poseía bajo el cuidado de José y, gracias a él, no se preocupaba de nada más que de la comida que ingería. José era un hombre de buena presencia y atractivo físico. Al cabo de un tiempo, la esposa de su amo puso sus ojos en José y le dijo: «Acuéstate conmigo». Pero él se negó y le dijo a la esposa de su amo: «Mira, gracias a mí mi amo no se preocupa de nada en la casa, pues ha puesto todo lo que tiene bajo mi responsabilidad. Él no es mayor que yo en esta casa, ni me ha negado nada, excepto a ti, porque eres su esposa. ¿Cómo podría yo cometer tal maldad y pecar contra Dios?» (Génesis 39:2-9) José tenía diecisiete años cuando fue llevado a Egipto y vendido a Potifar, oficial del faraón y capitán de la guardia. Dios estaba con José. Esto era tan evidente que incluso su amo estaba convencido de ello; por eso, confió a José todo lo que poseía. Sin embargo, la esposa de su amo traicionó esa confianza debido a su deseo lujurioso hacia José. Tras ser rechazada, ella acusó falsamente a José diciendo a su esposo que él había intentado abusar de ella. En consecuencia, el amo de José lo tomó y lo envió a prisión. Resulta asombroso que, siendo apenas un adolescente, José pudiera soportar cambios tan drásticos y adversos en su vida. No solo eso, sino que también soportó la peor clase de tentación para un hombre joven: la tentación sexual. ¿Cuál es el secreto de su fortaleza para resistir tal tentación? Sabemos que tuvo sueños en los que su familia se inclinaba ante él. También, que Dios hizo de él un hombre próspero, hallando gracia a los ojos de su amo. Todo ello pudo deberse al pacto que Dios estableció con Abraham, Isaac y Jacob. Aunque sus hermanos tal vez lo hubieran olvidado, José ciertamente no lo había hecho. Por eso no se permitía ceder bajo ninguna circunstancia: valoraba esta herencia familiar más que a sí mismo. Esto me recordó una conversación que tuve con un pastor anciano. Me preguntó cuándo había sido salvo. Le respondí que nací en una familia cristiana; por tanto, he sido creyente toda mi vida. Él suspiró y dijo que yo era bendecido, pues aquello me había librado de cometer muchos errores durante mi juventud. Más tarde, comprendí que soy cristiano de quinta generación. Desde entonces, siempre que enfrento altibajos o tentaciones, recuerdo esta herencia familiar para así cometer menos errores. Por supuesto, para ser justificados, también necesitamos el pacto de Dios, tal como se declara en la Biblia: «Este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días —dice el Señor—: Pondré mis leyes en la mente de ellos y las escribiré en sus corazones; y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Ya no enseñará ninguno a su prójimo ni ninguno a su hermano, diciendo: “Conoce al Señor”, porque todos me conocerán, desde el más pequeño hasta el más grande. Porque seré misericordioso con sus iniquidades y nunca más me acordaré de sus pecados». (Hebreos 8:10-12) La palabra de Dios es ley. La Biblia describe la Palabra de la siguiente manera: En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella. (Juan 1:1-5) Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad. (Juan 1:14) Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía. (Hebreos 11:3) Así pues, Jesucristo, el Hijo unigénito de Dios, es el Verbo hecho carne. Cuando Dios estableció el nuevo pacto con su pueblo, puso a Jesucristo en sus mentes. Si aceptamos a Jesucristo en nuestros corazones, quedamos sellados con el nuevo pacto. Este nuevo pacto nos introduce en un nuevo universo lleno de gracia y de verdad. Esta visión nos otorga la misma seguridad y fe para afrontar todos los altibajos y tentaciones, tal como lo hizo José. Emanuel. (Para volver, seleccione <- en la barra de herramientas)